El algoritmo de la depresión: cómo las redes sociales atrapan a los jóvenes

El debate sobre la edad mínima para acceder a las redes sociales ha cobrado fuerza en España tras el anuncio del gobierno de limitar el acceso a menores de 16 años, una medida que genera tanto dudas como expectativas. Según el informe Redes Sociales y menores publicado por la Oficina C del Congreso de los Diputados, más del 95% de los menores está presente en al menos una red social. El uso de estas plataformas se ha extendido entre los menores, siendo un espacio más para la socialización y aprendizaje de los adolescentes, aunque cada vez son más las voces expertas que alertan sobre sus riesgos para la salud y el bienestar de la infancia. Pero, ¿qué dice la ciencia al respecto?

Foto de Anh Tuan Thomas en Unsplash

Un estudio de la Universidad Miguel Hernández, que analizó la evolución de 2.121 menores durante tres años, ha revelado que existen edades críticas para el acceso a las redes sociales. Los resultados apuntan a que, a los 13 años, los adolescentes son especialmente vulnerables: cuanto mayor es el uso de redes sociales, mayores son los síntomas depresivos que presentan. Sin embargo, a los 16 años esta relación tiende a invertirse ligeramente, de modo que una mayor frecuencia de uso se asocia con una leve disminución de dichos síntomas. Pero, más que una cuestión puramente cronológica, el impacto de las redes se vincula estrechamente al nivel de desarrollo emocional y madurez de las personas. Los resultados de otra investigación de la Universidad Camilo José Cela refuerzan esta idea, observándose en una muestra compuesta por 1.707 personas de entre 16 y 75 años que el grupo de menor edad es el más vulnerable y presenta menos habilidades de regulación emocional en las redes.

Utilizar estas plataformas digitales no conlleva inmediatamente un riesgo: como señala el informe de la Oficina C, un tiempo de uso menor a las dos horas diarias puede incluso ser beneficioso para los adolescentes. Sin embargo, la mitad de los menores de entre 11 y 19 años pasan más de dos horas expuestos a las redes sociales cada día. Por ello, las voces expertas alertan: el verdadero riesgo no radica en el tiempo que los adolescentes pasan en las redes, sino en el “uso problemático”, caracterizado por la pérdida de control y los sentimientos de necesidad de conectarse. Este uso problemático impacta más en la salud mental que la cantidad de horas frente a la pantalla. El riesgo aumenta cuando la falta de autorregulación en las redes impide que los adolescentes cumplan sus objetivos cotidianos, lo que provoca consecuencias negativas en su vida diaria, como explica Daniel Lloret, profesor de psicología especializado en adicciones durante la adolescencia: “No poder ejecutar tus planes porque el impulso de las redes te domina es la clave”.

Por ello, entregar un smartphone sin educación previa es arriesgado: “Enseñamos a conducir a nuestros hijos antes de comprarles un coche o una moto. Si primero les regalas el coche y después les enseñas, ocurren accidentes”, ejemplifica María Blanquer, investigadora especializada en Psicología de la Salud. La capacidad para navegar de forma menos vulnerable en redes sociales se consolida progresivamente con la edad. Es a los 16 años cuando el uso de las redes sociales deja de asociarse a un aumento de síntomas depresivos que sí se observa en etapas más tempranas.

Impacto desigual en chicos y chicas

El uso problemático de las plataformas afecta a los adolescentes, con un impacto que es más acusado en las chicas que en los chicos. El número de seguidores también influye, ya que se asocia con un aumento de síntomas depresivos en ellas. En los chicos, en cambio, el efecto resulta ligeramente protector, lo que sugiere que la audiencia digital no impacta de la misma manera según el género: “Podría estar relacionado con la validación social y la presión estética”, reflexiona Blanquer, aunque se trata de una hipótesis que, según la psicóloga, requiere más investigación.

La comparación social y la falta de capacidad para regular el impacto emocional afectan especialmente a las chicas, y este se intensifica cuando a la ecuación se suma la frecuencia de uso. En chicas que utilizan las redes con poca frecuencia, un alto número de seguidores genera presión adicional sobre su bienestar emocional, a menudo relacionada con la mayor exposición a la presión estética y a la violencia digital de género. Diversos informes sobre entorno digital seguro para la infancia señalan que la probabilidad de sufrir abuso y violencia sexual es mayor para ellas, especialmente en el entorno virtual. Por ello, la percepción de la audiencia y la exposición digital no afectan a todos los adolescentes de igual manera: la edad, el género y los patrones de uso son determinantes.

Vulnerabilidad emocional previa y riesgos

Además de estas variables, el estado emocional y los síntomas depresivos previos de los jóvenes influyen decisivamente en la evolución de la depresión. El uso problemático de las redes sociales del año anterior, así como el promedio de los años siguientes, es un buen predictor de la sintomatología depresiva, siendo una variable fundamental para anticipar la evolución de esta. La literatura apunta en la misma dirección: los adolescentes con vulnerabilidad emocional son los más susceptibles a que el uso problemático de las plataformas intensifique su malestar.

Pero, más allá de variables y factores individuales, tanto expertos como  organismos, como la UNESCO, coinciden: es necesario reforzar la alfabetización mediática para que los jóvenes se desenvuelvan con seguridad en entornos virtuales, mediante el desarrollo de habilidades como la gestión de la exposición a riesgos digitales y estrategias de afrontamiento para proteger su bienestar.

Sin embargo, aunque formar a los jóvenes en el uso responsable de las redes sociales es central, varias voces advierten de que la responsabilidad no recae solo en los usuarios. Cada vez se pone más el foco en el papel de las plataformas, cuyo propio modelo de funcionamiento se basa en la economía de la atención y en amplificar el tiempo de uso, aunque no se lleven a cabo controles efectivos sobre el contenido. “Prohibir no resuelve el problema. Es un gesto importante, pero no se puede cargar las tintas sobre los propios usuarios, los adolescentes o sus padres y madres”, reflexiona Lloret, que advierte que se trata de empresas con gran capacidad para influir en la percepción social, por lo que el diseño de sus algoritmos debería ser más transparente.

La evidencia científica señala los 16 años como un punto de inflexión en el desarrollo, un momento en el que el impacto emocional de las redes se estabiliza. Más allá de la cifra, la ciencia evidencia que la protección de los más jóvenes no depende simplemente de una prohibición, sino de la combinación de diversos elementos: madurez, detección de vulnerabilidades previas, supervisión y educación, y una transparencia real por parte de las plataformas tecnológicas. 

José Joaquín Mira, catedrático del Área de Psicología Social de la Universidad Miguel Hernández: «La sobrecarga del cuidador se asocia con un mayor riesgo de errores con la medicación en casa»

Un estudio de la UMH revela que uno de cada cuatro cuidadores informales ha cometido errores con la medicación de pacientes dependientes por agotamiento emocional.

José Joaquín Mira, catedrático del Área de Psicología Social de la Universidad Miguel Hernández e investigador. Imagen cedida por el entrevistado.

El envejecimiento de la población y el aumento de los cuidados en el hogar provocan cambios en el sistema sanitario español y en el rol de las familias. El catedrático de la Universidad Miguel Hernández José Joaquín Mira, referente en investigación sobre calidad asistencial y seguridad del paciente, participa en un estudio publicado en el Journal of Health Quality Research con 176 cuidadores de personas dependientes, que analiza cómo influye la sobrecarga emocional en los errores en la administración de medicamentos. Los resultados señalan que el desgaste psicológico, además de afectar al bienestar del cuidador, también pone en riesgo la seguridad del paciente, duplicando el riesgo de cometer errores.

Pregunta: En este contexto de envejecimiento de la población y aumento del cuidado a domicilio, ¿por qué es relevante este estudio?

Respuesta: Desde siempre, las personas cuidan de otras, esto no es nuevo. Sí lo es que, sobre todo en países desarrollados y en Europa, se están produciendo cambios acelerados en los últimos años, especialmente tras la pandemia de COVID: hay más personas que necesitan cuidados en casa porque vivimos más y la gente decide permanecer en su hogar el mayor tiempo posible. A las políticas de desinstitucionalización de los gobiernos, en parte por falta de recursos, se une la voluntad de quedarse en casa. Vivimos más años: el cambio más notable se ha dado en los hombres, que han aumentado significativamente su esperanza de vida. Esto implica que haya más personas con condiciones crónicas y no es gratis vivir más. Por tanto, más personas necesitan cuidados en casa y algo que siempre ha existido ahora cobra mayor relevancia.

P: Uno de cada cuatro cuidadores, 45 de los 176, dijo que había tenido algún incidente con la medicación. ¿Es más alto de lo esperado?

R: No, al contrario, es bastante razonable. Quienes cuidan a otros, o quien sigue un tratamiento crónico, sabe que hay confusiones y errores involuntarios que a veces tienen consecuencias. Igual que al movilizar a alguien sin técnica puedes lesionarte la espalda, en casa hay condiciones que afectan a la seguridad. En instituciones sanitarias llevamos años implantando protocolos para garantizarla, pero no debemos olvidar a los pacientes en casa. Aunque estén con familiares, también hay que velar por su seguridad. Ese es el objetivo de estos estudios.

P: ¿Cuáles eran los errores más frecuentes?

R: Principalmente, confusión por la apariencia de los fármacos, que muchas veces son parecidos. A veces hay varios cuidadores y falla la comunicación: equivocarse en la dosis, repetirla u olvidarla. También influye la conservación de los medicamentos: olvidar si deben ir en la nevera o dónde guardarlos. Algunos formatos, como las gotas, son más difíciles de dosificar. Son errores que en ocasiones pueden complicarse.

P: Cuando hablamos de cuidadores y pacientes, ¿a qué tipo de situaciones de cuidado nos referimos exactamente?

R: Nos centramos en personas dependientes que requieren ayuda diaria: alimentación, higiene, movilidad o tratamiento. No hablamos de cuidados puntuales, como cuidar a alguien con gripe, sino de quienes dedican muchas horas porque tienen a alguien dependiente a su cargo. En procesos largos, las rutinas pueden favorecer errores involuntarios. De los errores, estimamos que un 2% requiere atención sanitaria, es decir, tiene consecuencias más graves.

P: ¿Cómo influye la sobrecarga emocional en la gestión de medicación?

R: Es un tema recurrente en la investigación. Cuidar 24 horas al día, todo el año, influye en la vida personal y profesional. Es un reto para las instituciones. En Europa se han desarrollado leyes de dependencia con distintos grados de implantación. Nosotros hemos visto que una mayor sobrecarga emocional se asocia a más errores, con impacto en la persona cuidada.

P: ¿La sobrecarga emocional provoca errores, o existe una relación bidireccional entre sobrecarga e incidentes?

R: Son dos fenómenos que conviven. Por un lado, aumenta la probabilidad de error. Por otro, cuando ocurre un error con consecuencias, aparece lo que llamamos doble victimización: ya existe la carga del cuidado y además surge el impacto emocional del error. Sentirse responsable afecta, más aún si hay vínculo emocional. Esto puede cambiar la actitud al cuidar, demasiadas precauciones tampoco ayudan pues aumentan la carga emocional y pueden ser contraproducentes: tener precauciones estandarizadas es útil, pero pasarse de la raya suele tener un efecto contrario.

P: ¿Qué tipo de consecuencias? ¿Más ansiedad, por ejemplo?

R: Más preocupación y exceso de control por miedo a que ocurran incidentes, lo que incrementa la carga mental del cuidado y termina favoreciendo la aparición de más errores. Involuntarios, pero se cometen. Estos sentimientos de responsabilidad y culpa hacen que las emociones no sean las más adecuadas para el cuidado.

«Cuando ocurre un error con consecuencias, aparece lo que llamamos doble victimización: la carga del cuidado sumada al impacto emocional del incidente»

P: En el estudio encontraron que había más riesgo de error en hombres que en mujeres. ¿Cómo interpretar esta diferencia?

R: Los hombres se atreven a hacer más cosas: siguen menos las pautas que las mujeres, por ejemplo, con las prescripciones y pueden tener errores en esta dirección. También hay un nuevo fenómeno: los hombres vivimos más que antes. Más hombres llegan a una edad en la que su pareja tiene dificultades o requiere cuidados. Pero pertenecen a una generación con menos experiencia en tareas domésticas. Se enfrentan a nuevas dificultades al proveer cuidados básicos en el hogar, que las mujeres, por tradicionales sesgos de género, han asumido. Esto genera diferencias con los hombres que solían tener una menor responsabilidad en tareas domésticas. Por tanto, ahora tienen más margen de comisión de errores involuntarios. Tampoco podemos afirmar que sea así en todos los casos, pero va en esta dirección. También hay diferencias biológicas en la respuesta a medicamentos en ciertos procesos y es un factor que no siempre se tiene en cuenta. Entre cuidadores informales hemos visto que hay algunas pautas que son distintas según el género, así que conviene comentarlo. Al formar a cuidadores puede ser útil, basándonos en errores que hemos visto, dar algún mensaje diferente a hombres y mujeres, aunque, al final, las recomendaciones básicas son las mismas para ambos.

P: ¿Podría el sistema sanitario hacer algo sobre la responsabilidad sanitaria que recae sobre las familias?

R: Cada vez somos más conscientes de que la información es clave. Ha habido escuelas de cuidadores informales. Hoy contamos con tecnologías digitales, lo cual es importante porque estos cuidadores no pueden acudir regularmente a formación presencial. Necesitan recursos accesibles desde casa. Es clave formar en medicación de riesgo y en uso de dispositivos médicos complejos. Materiales fiables e inmersivos pueden ser una alternativa eficiente que nos podríamos plantear.

P: ¿Qué señales indican si un cuidador está sobrecargado?

R: Principalmente la fatiga y la dificultad para recuperarse con el descanso, además del estado de ánimo. Es una situación exigente en tiempo y responsabilidad. Muchas personas lo identifican, pero no tienen salida porque el paciente necesita atención. Las ayudas sociales, aunque limitadas, dan cierto alivio y recuperación. Esta es una situación complicada de resolver, evidentemente. Estos tiempos libres o ayudas para que una persona pueda descansar unas horas, al menos algún día a la semana, suponen un alivio necesario para recuperarse.

P: ¿Detectaron culpa o miedo entre los cuidadores al hablar sobre incidentes con la medicación? ¿Se normaliza el agotamiento?

R: Los cuidadores han normalizado el agotamiento porque no tienen mucha alternativa, forma parte de su quehacer cotidiano. Hablar de errores cuesta en todos los ámbitos, también en el sanitario. Es una reacción humana. Tuvimos que ajustar las preguntas para obtener respuestas fiables. Es un reto al investigar en este campo porque se tiende a infrainformar, es decir, a no contar completamente los errores o a minimizarlos por esa doble victimización. Ese sentimiento controvertido entre “sé que no he hecho bien algo” y el miedo a alguna consecuencia muy negativa.

P: ¿Hubo algún testimonio llamativo?

R: Sí, situaciones cotidianas que reflejan la dificultad de organizar el día a día. Por ejemplo, administrar medicación con poca luz para no despertar al paciente y confundirse. O guardar medicamentos del paciente y de mascotas en el mismo lugar y mezclarlos. Son situaciones comunes.

«Los cuidadores han normalizado el agotamiento porque no tienen mucha alternativa»

P: ¿Qué le diría a un cuidador con burnout?

R: Si el cuidador está sobrecargado probablemente haya aislamiento. Es importante romperlo a través de asociaciones, apoyos sociales… Los servicios sociales tienen limitaciones, pero hay recursos disponibles y es una puerta donde se puede llamar. En centros de salud y hospitales existen grupos de formación y apoyo. Es importante mantener ese contacto social, porque alivia la presión y la sensación de soledad y alta responsabilidad.

P: Hacer piña.

R: Un poco, sí. Al final el ser humano encuentra por ahí una válvula de escape que funciona. Cuando hemos organizado grupos, fíjate, más que si era eficaz o no lo que hacíamos, una de las cosas que nos han dicho algunos cuidadores era: “Es la primera vez que alguien me pregunta”. Ese dato refleja una sensación de aislamiento.

P: ¿Estamos olvidando el papel de los cuidadores?

R: No, hay iniciativas en España y conciencia social. Otro problema distinto es si hay recursos suficientes porque el número de personas que cuidan a otras es enorme en nuestro país: cientos de miles de personas. No hablamos de un fenómeno aislado. Aún así sería necesario un plan más coordinado para abordar esta problemática social, clínica y humana.