Más de 2.000 incendios forestales en el primer trimestre convierten al 2019 en uno de los peores años de la última década

El aumento de este problema se debe a la aparición del cambio climático, así como al abandono de los campos y el crecimiento socio-económico

Los incendios forestales suponen un problema global y mundial. En lo que va de 2019, se han producido 2.064 incendios. Esta cifra sólo se superó en 2012, con 3.217 incendios, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Sin embargo, 2018 se ha calificado como el mejor año de la última década, con un total de 7.143 incendios forestales, de los cuales tan sólo tres han sido de gran magnitud, es decir, han superado las 500 hectáreas quemadas.

Esta problemática se ha estudiado con anterioridad. En 2009 se publicó el informe: Incendios forestales en España. Ecosistemas terrestres y suelos, por Jorge Mataix Solera y Artemi Cerdá. Anualmente se producen una media de 19.000 incendios en España, aunque estos datos han ido variando en la última década. Hay tres años clave que han marcado las peores cifras de incendios: 2009, 2012 y 2017, en los cuales se han registrado alrededor de 44.000 incendios forestales .

Actualmente, los efectos que tiene el fuego en el ecosistema y medio ambiente tienen efectos mucho más devastadores que en épocas anteriores. La humanidad supo adaptarse al ecosistema terrestre y el fuego se convirtió en el mejor amigo del hombre, utilizado como una herramienta para aclarar campos de cultivo, abrir pastos, eliminar las plagas o cazar. El uso del fuego comenzó a descontrolarse entre los años 50 y 60, tras producirse el éxodo rural, lo que derivó al abandono de los campos, los cambios socio-económicos y sobre todo por la aparición del Cambio Climático.

La zona mediterránea es una de las más afectada por esta peligrosa herramienta, sobre todo Italia, Grecia, España y Portugal, aunque, como señala el informe A review of fire effects on vegetation and soil in the mediterranean basin, la vegetación de esta zona tiende a regenerarse con mucha facilidad tras un incendio. En el año 1997, del 90% de las hectáreas quemadas, el 50% pertenecían a la Península Ibérica. Los factores que afectan al territorio español son principalmente: el clima cálido y seco en verano; la marchitación de la vegetación; abundantes tormentas cargadas de aparato eléctrico; y la presencia de vegetación adaptada, y por lo tanto, preparada para los incendios. Pero actualmente, la principal causa de estas catástrofes es la acción humana.

Según los autores del informe, Jorge y Artemi, el índice de incendios varía en función de la zona dentro del territorio español. Por lo general, Castilla y León, Asturias y Galicia son las tres comunidades que reflejan los datos más elevados de incendios forestales, en contraste con la Comunidad Valenciana, Cataluña e Islas Baleares, que muestran los datos más bajos de todo el país.

En los últimos diez años, ha mejorado la investigación de las causas de los incendios, lo que a su vez, ha generado una mejora en la prevención de éstos, a través de la persuasión en la población, la conciliación de intereses y las sanciones. “El desafío actual es integrar el conocimiento científico sobre el papel del fuego en el ecosistema mediterráneo, permitiendo una gestión óptima del fuego y haciéndolo compatible con nuestras demandas sociales, necesidades de reducción de peligros y sostenibilidad del ecosistema”, tal y como afirma el  Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, 2012.

Raquel Bernal Sánchez, Raúl Icardo Llorca y Belén Martínez Quereda.

Las golondrinas de las zonas más contaminadas de Chernóbil son más resistentes a las bacterias

Los ejemplares con más defensas han sobrevivido y se han reproducido durante los últimos 31 años, a pesar de los altos niveles de radiactividad.

 

 

Un equipo internacional con participación de la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA), centro adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en Almería, ha demostrado que ciertas poblaciones de golondrinas que viven en zonas de Chernóbil (Ucrania) en las que aún existen niveles altos de radiactividad, presentan una mayor resistencia ante distintas bacterias que aquellas que pueblan zonas menos o no contaminadas.

Un cambio tan drástico en las condiciones ambientales como fue el accidente nuclear de Chernóbil, ocurrido en Ucrania el 26 de abril de 1986, tuvo un gran impacto no solo en los organismos, sino en las relaciones parásito-hospedador.  “Las bacterias tienen una gran capacidad de adaptación a los cambios, y en Chernóbil presentan altas tasas de mutación y resistencia a la radiación.  Por tanto, las golondrinas se enfrentan a `nuevas` comunidades bacterianas que pueden producir otros daños a sus hospedadores”, ha explicado Magdalena Ruiz-Rodríguez, investigadora de la EEZA y autora principal del artículo.  

Golondrina del estudio

En este estudio, a través de un análisis de laboratorio, se enfrentó el plasma sanguíneo de diversas poblaciones de golondrinas, algunas cercanas a la antigua central de Chernóbil, a doce especies de bacterias diferentes. El objetivo era saber si se había producido una adaptación como consecuencia de la convivencia entre estas aves y las comunidades bacterianas que cambiaron rápidamente. Los resultados del análisis indicaron que los individuos criados en las zonas más contaminadas tenían mayor capacidad de resistencia a las bacterias.

Tras el accidente nuclear, el sistema inmune de las golondrinas de Chernóbil fue dañado y debilitado, por lo que su capacidad para defenderse de las bacterias cayó en gran medida. En tan solo 31 años, la radiactividad ha provocado transformaciones que habitualmente se observan en un largo período de tiempo. Apunta Ruiz Rodríguez que probablemente ha existido un proceso de selección natural muy intenso en las zonas con más radiactividad, de manera que solo las golondrinas que tenían más defensas fueron capaces de sobrevivir y reproducirse.

“Durante estos 31 años han muerto muchísimas golondrinas, pero las pocas que han sobrevivido tienen una mayor capacidad de defensa. El resto ha ido muriendo sin dejar descendencia”, ha apuntado la investigadora. “Aunque en algunas poblaciones, como es el caso de las golondrinas, se haya producido una selección sobre los individuos más fuertes, la tendencia de las poblaciones es a desaparecer, ya que las mutaciones disminuyen la esperanza de vida, el éxito de reproducción, y algunas de ellas son directamente letales”, ha concluido.

En una investigación anterior de este equipo se estudiaron las bacterias que degradan las plumas de las golondrinas y la conclusión fue muy similar. Los individuos que poblaban las zonas más contaminadas presentaban mayor capacidad de defensa. “Es decir, las golondrinas que crían en zonas con mayor radiactividad son más resistentes al ataque por bacterias en las plumas, pero también cuentan con más defensas en su sangre”, ha afirmado Ruiz-Álvarez.  Estas investigaciones se separan de la tendencia mayoritaria de estudiar la salud de las especies después del accidente nuclear, para adentrarse en las adaptaciones y cambios que en tan poco tiempo se han producido en ellas.

Timothy Mousseau, otro de los autores de la investigación, y que ha estado estudiando las poblaciones de aves en Chernóbil durante más de una década, demostró en un estudio reciente que las golondrinas Mousseau que viven en zonas altamente contaminadas tenían altas tasas de anomalías, desde albinismo parcial a picos deformados.

Un estudio anterior, del año 2012, realizado por científicos de la Universidad de Portsmouth y publicado en la revista científica Biology Letters concluyó que las golondrinas de los alrededores de la central nuclear de Chernóbil resisten mejor de lo que se pensaba a dosis bajas de radiación. Según Jim Smith, el autor principal de este estudio, el aparente daño a las poblaciones de aves de Chernóbil se debía a diferencias en su hábitat y en la estructura del ecosistema o en su dieta, y no a la contaminación radiactiva. “Los niveles de contaminación radiactiva detectados en los alrededores de la central de Fukushima tampoco deberían causar daño a largo plazo a las aves de esa región”, ha apuntado el experto.

Sin embargo, los efectos del desastre de Chernóbil aún pueden apreciarse en la actualidad. Más de 30 años después, el paisaje sigue siendo desolador y en ciertas zonas apenas pueden verse animales debido a la contaminación radiactiva. Viacheslav Shestopálov, director de un centro científico y de ingeniería de Chernóbil, manifestó que las dosis de baja radiación deterioran la elasticidad de los nervios y la memoria y señaló que los animales residentes en Chernóbil no están a salvo de las mutaciones. Afirmó también que las golondrinas de la zona de Chernóbil tienen 28% de posibilidades de llegar a la próxima estación, mientras que las golondrinas de zonas no contaminadas tienen un 40% y las de España, un 45%.